Esa noche, nuestros cuerpos ardientes como tizones se hicieron uno. Danzamos en nuestro rito prohibido hasta el amanecer dejándonos llevar solo por el deseo, ocultas entre las sombras y riendo como chiquillas.
Entre tantos roces y caricias, de vez en vez se escapaba alguno que otro – te quiero- de tus labios, seguido de un profano beso y una mirada cargada de lujuria. Tan contradictoria la situación como graciosa la vida.
Mis escurridizos dedos recorrían cada centímetro de tu piel erizada, disfrutando tanto su suavidad como tus reacciones. Tu lengua recorría con ansias mi cuello y cargada de frenesí intentabas morderme. Éramos la una de la otra y una sola a la vez. Podía ver en tu mirada el deseo de devorarme. Podía sentirlo en tu ser.
Pero fui yo la que quiso iniciar el juego. Entonces me pose sobre ti y mientras sonriente me acercaba a tus labios deje que mis manos descendieran hasta tus senos y les estruje con fuerza. Aunque intentaste besarme me aparte de tu rostro y acerque mis labios a tu cuello; no pude contenerme. Anhelaba tu aroma y tu sabor, asi que hinque mis dientes sobre tu delicada piel mientras hacía descender mis manos hasta tu palpitante vientre.
Sentí como tus brazos rodearon mi torso y como tus uñas se hincaron en mi espalda. Acto seguido musitaste – ¡Agh!- y no pude evitar intentar hacer completamente mia. Deje que mi aliento bañara tu pecho y que mis dedos se sumieran en la calidez de tu ser. – No te detengas – ordenaste.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario